Existen muchos modos de infundir temor. La historia, el presente, nuestro día a día, van revelando en su transcurrir,las multiformes caras que adopta el miedo para llevarnos a la inacción. Es fácil distraerse y es fácil confundirlos, pero si se mira un poco más allá de lo visible: la intolerancia, el despotismo, los dogmas, la pobreza, la indiferencia, la corrupción, la marginación, la egolatría, el egoísmo, la competencia desleal, la ignorancia, son todos, caras de la misma moneda; son los mecanismos que utiliza el miedo para que pueda pasearse entre nosotros y dejarnos impasibles,incapaces de reacción, indiferentes a las estrategias de control maquiavélico que reiterademente se ejerce sobre la voluntad de los pueblos,
Y nosotros...nosotros, hombres con poder de raciocinio, damos miedo; lo infundimos y cuando nos miramos al espejo, deberíamos sentir miedo: por contribuir en silencio con las mediocridades nuestras de cada día; por aceptar mansamente (y obsecuentemente) que nos someta el jefe de turno a todo tipo de abusos; por declararnos unos a otros guerras silenciosas con el "yo, argentino"; por no elegir opciones conformándonos siempre con el mal menor; por equivocarnos tantas veces en las urnas y seguir tan ciegos como al principio; por mirar al diferente como intruso, creyéndonos parte de un sistema homogéneo que en realidad, es inexistente; por violentar la justicia en todos sus órdenes; por no tener memoria; por hacer uso de ella y aún así, no haber aprendido nada. Deberíamos sentir miedo, si corrompemos las leyes y tenemos que mirar a los ojos a la gente de nuestra sociedad; si se cometen aberraciones ante nosotros y no las denunciamos; si decepcionamos con promesas manifiestamente falsas a sabiendas de que no habrán de cumplirse; tendríamos que sentir miedo de nosotros mismos si a pesar de caer en cuenta de tantas incoherencias cometidas una y otra vez por todos y cada uno de los "hombre racionales", nos vemos subordinados constantemente a la incapacidad de corregirlas. Y deberíamos sentirlo, porque el miedo es un síntoma de peligro inminente,un mecanismo de autoprotección ante las amenazas, y atentamos hacia nosotros mismos en nuestra escencia de ser humanos cada vez que caemos vencidos ante tantas bajezas. Por supuesto que deberíamos darnos miedo.
Y de todas estas formas solapadas y también evidentes que adopta el miedo, el peor, el que aniquila, el que destruye las conciencias, el que aplasta las almas, al que más le tengo miedo y al que todos deberíamos temer, es al que nace de la ausencia de conciencia, el que me dice "vos no podés", el que me rebaja a la esencia de una roca, que no siente, no piensa, no se mueve, no habla, y que nunca jamás peleará por nada; ése es el miedo que siempre se intentará imponer, y de hecho, lo imponen sistemáticamente... Ése es, y debería ser nuestro peor adversario, nuestra peor amenaza, la más aberrante de todas sus materializaciones; la más combativa y a la que más hay que darle lucha; memoricemos su cara y hagámosle frente; reconozcamos su rostro, a pesar de tantos velos que pretendan ocultarlo y tengamos siempre presente que:
"Los pueblos no deberían temer a sus gobernantes; son los gobernantes quienes deberían temer a sus pueblos"
Hagamos que se tenga miedo, pero de las voces impávidas de represiones y otras tácticas de silenciamiento, que vibre desafiante el poder de la voz del pueblo exigiendo respeto, justicia y dignidad, porque nos lo debemos y es nuetro derecho, "para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar este suelo argentino".
"Los pueblos no deberían temer a sus gobernantes; son los gobernantes quienes deberían temer a sus pueblos"
Hagamos que se tenga miedo, pero de las voces impávidas de represiones y otras tácticas de silenciamiento, que vibre desafiante el poder de la voz del pueblo exigiendo respeto, justicia y dignidad, porque nos lo debemos y es nuetro derecho, "para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar este suelo argentino".
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